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lunes, 15 de agosto de 2011

Albert Mohler: Acabar con el infierno


Acabar con el infierno
Dr. Albert Mohler:

Las polémicas actuales vuelven a suscitar esta cuestión entre los cristianos estadounidenses e incluso entre algunos evangélicos. No obstante, no hay forma de negar la enseñanza de la Biblia acerca del infierno y seguir siendo un evangélico genuino. Ninguna doctrina se mantiene por sí sola.

Después de reconsiderar el surgimiento de la era moderna, el crítico literario italiano Piero Camporesi comentó: «Ahora podemos confirmar que el infierno se ha acabado, que el gran teatro de los tormentos se ha cerrado por un periodo indeterminado y que, después de dos mil años de representaciones horripilantes, no se volverá a repetir la función. La larga temporada triunfal ha llegado a su fin». Como si se tratara de una obra que ha estado mucho tiempo en cartel, por fin ha caído el telón y para millones de personas alrededor del mundo, la doctrina bíblica del infierno ya no es más que un recuerdo lejano. Para muchísimas personas en este mundo posmoderno, la doctrina bíblica del infierno se ha convertido sencillamente en algo impensable.

¿Acaso han decidido los occidentales posmodernos que el infierno ya no existe? ¿Podemos realmente deshacernos de esta doctrina? Os Guinness observa que las sociedades occidentales «han alcanzado el estado de pluralización donde la elección ya no es un mero estado de cosas, sino que es un estado de mente. La elección se ha convertido por sí misma en un valor, incluso en una prioridad. Ser moderno es ser un adicto a la elección y al cambio. Éstos se convierten en la esencia misma de la vida». La elección personal se convierte en una urgencia; lo que el sociólogo Peter Berger denominó como «el imperativo herético». En un contexto semejante, la teología sufre una rápida y repetida transformación liderada por las corrientes culturales. Para millones de personas en la era posmoderna la verdad es cuestión de elección personal, y no una revelación divina. Con toda claridad nosotros, los modernos, no elegimos que el infierno exista.

Este proceso de cambio suele ser invisible para aquellos que lo experimentan y negado por parte de aquellos que lo promueven. Tal y como comenta David F. Wells: «La corriente de la ortodoxia histórica que una vez regó el alma evangélica está ahora condenada por una mundanería que muchos no llegan a reconocer como tal, a causa de la inocencia cultural con la que se presenta». Y sigue diciendo: «Sin duda, esta ortodoxia no fue nunca infalible ni tampoco estaba exenta de imperfecciones y debilidades, pero estoy muy lejos de pensar que la emancipación de su núcleo teológico que gran parte del evangelicalismo está llevando a cabo haya resultado en una mayor fidelidad bíblica. De hecho, el resultado es exactamente el contrario. Ahora tenemos menos fidelidad bíblica, menos interés en la verdad, menos seriedad, menos profundidad y menos capacidad de proclamar la Palabra de Dios a nuestra propia generación, de manera que ofrezca una alternativa a lo que piensa en realidad.

La insistente pregunta que nos preocupa es la siguiente: «¿Qué le ha ocurrido al infierno? ¿Qué ha pasado para que ahora nos encontremos con que incluso algunos que proclaman ser evangélicos promocionen y enseñen conceptos como el universalismo, el inclusivismo, el evangelismo post mortem, la inmortalidad condicional y el aniquilacionismo, cuando aquellos que se definían en tiempos anteriores como evangélicos eran precisamente conocidos por oponerse a estas misma propuestas? Muchos evangélicos procuran encontrar una forma de salir de esa doctrina bíblica que está marcada por tanta torpeza y tanta vergüenza.

La respuesta a estas preguntas debe encontrarse en la comprensión del impacto de las corrientes culturales y la cosmovisión que impera acerca de la teología cristiana. Desde la Ilustración, los teólogos se han visto forzados a defender la validez de su disciplina y sus propuestas. Una cosmovisión secular que niega la revelación sobrenatural debe rechazar el cristianismo como sistema y como pretensión de la verdad. Al mismo tiempo, procura transformar toda pretensión de la verdad en temas de elección y opinión personales. El cristianismo, despojado de su ofensiva teológica, queda reducido a una «espiritualidad» más entre otras.

No obstante, existen doctrinas particulares que son especialmente odiosas y repulsivas para la mente moderna y posmoderna. La tradicional doctrina del infierno como lugar de castigo eterno soporta ese escándalo de una forma particular. La doctrina es ofensiva para las sensibilidades modernas y resultan incómodas a muchos que se consideran cristianos. Aquellos a los que Firedrich Schleiermacher definió como los «cultos despreciadores de la religión» menospreciaron especialmente la doctrina del infierno. Como un observador dijo en broma, el infierno debe tener aire acondicionado.

El protestantismo liberal y el catolicismo romano han modificado sus sistemas teológicos para eliminar esta ofensa. Nadie se encuentra en peligro de escuchar un sermón sobre «fuego y azufre» en esas iglesias. La carga de defender el infierno y debatir acerca de él recae ahora en los evangélicos, últimas personas que piensan que es algo que importa.

¿Cómo puede ser que tantos evangélicos, incluidos algunos de los más respetados líderes del movimiento, rechacen ahora la doctrina tradicional del infierno en favor del aniquilacionismo o de cualquier otra opción? La respuesta debe reducirse con seguridad al desafío de la teodicea, el desafío de defender la bondad de Dios contra las acusaciones modernas.

El secularismo moderno exige que cualquiera que hable en nombre de Dios deba ahora defenderle. El reto de la teodicea es principalmente defender a Dios contra el problema del mal. Las sociedades de las que nacieron décadas de mega muerte, el holocausto, la explosión del aborto y el terror institucionalizado exigirán ahora que Dios responda a sus preguntas y se vuelva a definir, pero que esta vez lo haga de acuerdo con sus dictados.

En el trasfondo de todo esto se encuentra una serie de cambios culturales, teológicos y filosóficos interrelacionados que apuntan a una respuesta para nuestra pregunta: ¿Qué ha ocurrido con las convicciones evangélicas acerca del infierno?

La primera cuestión es una visión cambiada de Dios. La cultura ha rechazado una visión bíblica de Dios por considerarla demasiada restrictiva de la libertad humana y ofensiva con respecto a las sensibilidades humanas. El amor de Dios se ha redefinido como algo que ya no es santo. La soberanía de Dios se ha vuelto a concebir de manera que la autonomía humana no se vea molestada. En años recientes, incluso la omnisciencia de Dios se ha vuelto a definir para que signifique que Dios sabe perfectamente todo aquello que pueda saber perfectamente, pero que no es posible que conozca un futuro basado en decisiones humanas libres.

Los revisionistas evangélicos promueven una comprensión del amor divino que no es nunca coactivo y que no permitiría ningún pensamiento que diga que Dios enviará a los pecadores impenitentes al castigo eterno en los fuegos del infierno. Están procurando rescatar a Dios de la mala reputación que ha conseguido mediante la asociación con los teólogos que, durante siglos, enseñaron la doctrina tradicional. Sencillamente, Dios no es así, aseguran ellos. Jamás sentenciaría a alguien —por muy culpable que fuera— al tormento y las aflicciones eternos.

El teólogo Geerhardus Vos advirtió en contra de extraer el amor de Dios de sus demás atributos y observó que, aunque el amor de Dios se revele como su atributo fundamental, también queda definido por medio de sus demás atributos. Es bastante posible llegar a «hacer demasiado hincapié sobre este lado de la verdad hasta el punto de descuidar otros principios y exigencias del cristianismo que son extremadamente importantes», recalca. Esto conduciría a una pérdida de equilibrio teológico. En el caso específico del amor de Dios, suele conducir a un sentimentalismo que no es bíblico por medio del cual el amor de Dios se convierte en una forma de indulgencia incompatible con su odio por el pecado.

A este respecto, el lenguaje de los revisionistas es particularmente instructivo. Cualquier dios que reaccione según mantiene la doctrina tradicional, seria «vengativo», «cruel» y « más parecido a Satanás que a Dios». Clark Pinnock convirtió la credibilidad de la doctrina de Dios según la mente moderna en el enfoque central de su teología: «Creo que a menos que el retrato de Dios sea convincente, la credibilidad de la creencia en Dios está abocada al declive». Más tarde sugirió: «Hoy día es más fácil invitar a las personas a que encuentren el cumplimiento en un Dios dinámico y personal que pedirles que lo hagan en una deidad que es inmutable e independiente».

Ampliando este argumento, con toda seguridad sería más fácil persuadir a personas seculares de que creyeran en un Dios que nunca juzgará a alguien que merezca el castigo eterno que en el Dios que predicaba Jonathan Edwards o Charles Spurgeon. Pero la pregunta más apremiante es esta: ¿Debe la teología evangélica comercializar a Dios para nuestra cultura contemporánea o más bien consiste nuestra tarea en mantenernos firmes en la continuidad de la convicción bíblica ortodoxa, cualquiera que sea el precio? Como hemos mencionado anteriormente, las personas modernas exigen que Dios sea humanitario y que esté sujeto a los principios humanos de justicia y amor. Al final, sólo Dios puede defenderse contra sus críticos.

Nuestra responsabilidad es presentar la verdad de la fe cristiana con valentía, claridad y coraje, y defender la doctrina bíblica en estos tiempos requerirá que se haga según estas tres virtudes. El infierno es una realidad asegurada, del mismo modo que se presenta con toda claridad en la Biblia. Escapar de esta verdad, reducir el aguijón del pecado y la amenaza del infierno, no es más que pervertir el Evangelio y alimentarse de mentiras. El infierno no está supeditado a una votación ni está abierto a revisión alguna. ¿Someteremos esta verdad a los escépticos modernos?

Las polémicas actuales vuelven a suscitar esta cuestión entre los cristianos estadounidenses e incluso entre algunos evangélicos. No obstante, no hay forma de negar la enseñanza de la Biblia acerca del infierno y seguir siendo un evangélico genuino. Ninguna doctrina se mantiene por sí sola.

Recientemente, la doctrina del infierno está siendo objeto de un ataque despiadado, tanto a mano de los laicos como incluso de algunos evangélicos. En muchas formas, el asalto se ha desarrollado de una forma encubierta. Como si se tratara de una marea que lentamente lo va invadiendo todo, como si fuera un conjunto de cambios culturales, teológicos y filosóficos interrelacionados que han conspirado para socavar el concepto que teníamos del infierno. Ayer considerábamos el primero y quizás más importante de estos cambios: una visión radicalmente alterada de Dios. Pero otras cuestiones también han tenido que ver en este tema.

Una segunda cuestión que ha contribuido a la negación moderna del infierno es un cambio de opinión en cuanto a la justicia. La justicia retributiva ha sido el sello de la ley humana desde los tiempos premodernos. Este concepto asume que el castigo es un componente natural y necesario de la justicia. Sin embargo, la justicia retributiva se ha visto atacada durante muchos años en las culturas occidentales y esto ha llevado a hacer modificaciones en la doctrina del infierno.

Los filósofos utilitarios como John Stuart Mill y Jeremy Bentham, argumentaron que la retribución es una forma inaceptable de justicia. Rechazar las normas morales claras y absolutas, y según argumentaron la justicia exige restauración en lugar de retribución. Los criminales ya no se veían como gente maligna que mereciera un castigo, sino como personas que necesitaban corrección. El objetivo —para todos menos para los pecadores más atroces— era la restauración y la rehabilitación. El cambio de la prisión a la penitenciaría pretendía ser un cambio de un lugar de castigo a un sitio de penitencia, pero aparentemente nadie dijo esto a los prisioneros.

C. S. Lewis rechazó esta idea por considerarla un ataque al concepto mismo de la justicia. «Exigimos una cura, no porque sea justa, sino pensando en que tenga éxito. De este modo, cuando dejamos de considerar lo que el criminal merece y nos limitamos a considerar únicamente aquello que le puede curarle o disuadir a otros, le habremos apartado de forma tácita de la esfera global de la justicia, y lo que obtengamos no será una persona sujeta a derechos sino un mero objeto, un paciente, un “caso”».

Las reformas penales se sucedieron, las ejecuciones públicas cesaron y el público aceptó los cambios en nombre del humanitarismo. El criminólogo holandés Pieter Spierenbur apuntó a la «creciente identificación interhumana» como contracorriente de este cambio. Los individuos comenzaron a simpatizar con el criminal, poniéndose ellos mismos en el lugar del criminal. El impacto de este cambio en la cultura es evidente en una carta que escribió un anglicano del siglo a otro:

«El descrédito en la existencia de la justicia retributiva… está ahora tan expandida a través de casi todas las cases de personas, y en especial en lo que respecta a la cuestiones políticas… [que] hacen que incluso hombres cuya teología les enseña a considerar a Dios como un autócrata vengador y sin ley, a estigmatizar la creencia de que la ley criminal está sujeta a contemplarse como castigo de otros fines al margen de la mejora del propio ofensor y de hacer que otros desistan por considerarla cruel y pagana».

El concepto utilitario de la justicia y de la disuasión, también ha dado lugar a la justicia que procede de la opinión popular y de las costumbres culturales. La constitución de los Estados Unidos no permiten el «castigo cruel e inusual» y las cortes han ofrecido normas que se desarrollan y que luchan y excluyen cualquier tipo de castigo. En distintos tiempos, la pena de muerte se ha permitido y se ha prohibido de forma constitucional y, en una reciente decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos, la justicia suscribió la mayoría de los datos citados de un sondeo.

Las transformaciones de la práctica y la cultura legales han redefinido la justicia para muchas personas modernas. La retribución queda fuera de lugar y la rehabilitación se pone en su lugar. Algunos teólogos se han limitado a incorporar esta nueva teoría de justicia a sus doctrinas del infierno. Para los católicos romanos, la doctrina de un tiempo en el infierno —pero no una eternidad en el infierno— es el remedio.

Algunos teólogos han cuestionado la integridad moral del castigo eterno por medios de argumentos que dicen que un castigo infinito es una pena injustos para pecados limitados. O, en aras de definir el argumento en una forma ligeramente diferente, el tormento eterno no es un castigo adecuado para los pecados temporales. La doctrina tradicional del infierno argumenta que un castigo infinito es el justo castigo del pecado contra la infinita santidad de Dios. Esto explica por qué todos los pecadores merecen de igual manera el infierno, a excepción de aquellos que creen en la salvación por medio de la fe en Cristo.

Un tercer cambio en la gran cultura es el que tiene que ver con el advenimiento de la cosmovisión psicológica. La conducta humana se ha redefinido por el impacto de las psicologías humanísticas que niegan o reducen la responsabilidad persona de hacer aquello que es incorrecto. Varias teorías echan la culpa a las influencias externas, a los factores biológicos, la determinación de la conducta, las predisposiciones genéticas y la influencia del subconsciente y estas teorías varias apenas rascan la superficie.

El «yo» autónomo se convierte en el gran proyecto personal de los individuos, y sus varios crímenes y delitos quedan excusados como experiencias de crecimiento o «cuestiones personales». La vergüenza y la culpa quedan prohibidas de la discusión pública y descartada por ser represiva.

Un cuarto cambio tiene que ver con el concepto de la salvación. La inmensa mayoría de hombres y mujeres a lo largo de los siglos en la civilización occidental han despertado en la mañana y se han ido a dormir por la noche con el temor al infierno muy cercano a su conciencia, hasta ahora. El pecado de ha vuelto a definir como la falta de autoestima y no como un insulto a la gloria de Dios. La salvación se ha vuelto a concebir, ahora como la liberación de la opresión tanto interna como externa. El evangelio se ha convertido en un medio de liberación del cautiverio a los malos hábitos en lugar de rescatarle de la sentencia a una eternidad en el infierno.

La cuestión de la teodicea surge inmediatamente cuando los evangélicos limitan la salvación a aquellos que se vuelven conscientes a la fe en Cristo durante su vida terrenal y definen la salvación como algo similar a la justificación por fe. Para la mente moderna, esto parece absolutamente injusto y escandalosamente discriminatorio. Algunos evangélicos han modificado así, por tanto, la doctrina de la salvación. Esto significa que el infierno ha sido evacuado o minimizado. O, como dijo un católico, han instalado aire acondicionado en el infierno.

Estos cambios en la cultura no son más que parte de la imagen. La causa más básica de la controversia acerca de la doctrina del infierno es el desafío de la teodicea. La doctrina tradicional choca demasiado con la mente contemporánea: demasiado dura y eternamente obcecada. Casi en todos los aspectos, la mente moderna se siente ofendía por el concepto bíblico del infierno que se ha conservado en la doctrina tradicional. Para algunos de los que se definen como evangélicos, esto es sencillamente demasiado para poder soportarlo.

Deberíamos observar que el compromiso de la doctrina del infierno no se limita a aquellos que rechazan la fórmula tradicional. La realidad es que no se prestará atención a las pocas referencias que se hace al infierno aun en las iglesias conservadoras que no negarían nunca la doctrina. Una vez más, el entorno cultural es la influencia principal.

En su estudio de «en busca de iglesias sensibles» el investigador Kimon Howland Sargeant observa que «el pluralismo cultural actual fomenta un énfasis menos en la “venta agresiva” del infierno, mientras contribuye a hacer demasiado hincapié en la “publicidad subliminal· de la satisfacción personal por medio de Jesucristo». El problema es, por tanto, más complejo y dominante que el rechazo teológico del infierno: incluye también la evasión de la cuestión frente a la presión cultural.

La revisión o el rechazo de la doctrina tradicional del infierno llegan a un alto precio. Todo el sistema de la teología se ve modificado de hecho, aunque algunos revisionistas se nieguen a aplicar sus revisiones a sus conclusiones lógicas. Fundamentalmente, nuestros propios conceptos de Dios y del evangelio son los que están en juego. ¿Qué podría ser más importante que esto?

La tentación a revisar la doctrina del infierno —quitar el aguijón y el escándalo de un casito eterno consciente— es algo que se puede entender. Pero existe también una prueba mayor de la convicción evangélica. Esto no es una insignificancia teológica. Como preguntó un observador: ¿Podría ser que él único resultado de los intentos, por muy intencionados que sean, de ponerle aire acondicionado al infierno sea para que más y más gente vaya a parar allí?

El infierno exige nuestra atención en el presente, y confronta a los evangélicos con un examen crítico de integridad bíblica y teológica. Se le puede negar, pero no va a desaparecer.



Este artículo fue escrito por el Dr. Albert Mohler, presidente del Seminario Teológico Bautista del Sur en los Estados Unidos. Usado con permiso. Traducción de Iglesia Bautista de North Bergen , Derechos Reservados.